Para mi el otoño es como un domingo eterno, donde ataca la resaca del verano, ves como todo a tu alrededor va cambiando de color a algo más serio, marrón, gris, amarillo... En otoño te planteas la vida, piensas en lo que haces mal para querer cambiando, pues tienes unos meses preciosos para decidir qué cambiar y qué no. Empiezas a extrañar a personas, te extrañas a ti cuando tenías el verano a tus pies, algunos colegas que marcharon y, sobre todo... A familiares que ya, por desgracia, no están.
Porque yo tengo un familiar, sí, aún lo tengo aunque no pueda ni verlo ni tocarlo, que los otoños han sido su reto año tras año. Era tan difícil pasar el otoño como para un bebé dejar atrás a su mamá y sin embargo, fue fuerte todos y cada uno de ellos, hasta que su cuerpo dejó de querer luchar.
Por muchos libros que leas de cómo superar algo así, seguirá siendo para mi tan difícil como lo fue el primer día, porque no quiero superarlo, porque sé que ese familiar sigue conmigo allá donde vaya, sé que quiere saber aún lo que estoy estudiando, con quien salgo a dar un paseo, qué tal me va todo en general... Sé que se sentía muy grande, pues al menos para mí ha sido el mayor regalo que podrían haberme hecho.
Soy muy ñoña y más en épocas como ésta... Nunca me arrepentiré de ser como soy y haber hecho lo que hice, lo volvería a hacer una y otra vez, nunca me cansaría de hacerlo...
Espero que donde estés estás tan sonriente como siempre, abuela.
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