Es muy difícil asumir un sentimiento que has querido rechazar toda tu vida. Aceptar que lo que sientes lo vas a sentir huyas donde huyas, toda la vida.
Cuando algo se clava en el alma, no siempre se puede sacar. A veces se queda una pequeña espinita dentro, cicatriza y de pronto forma parte de nosotros con total normalidad. Tampoco tenemos por qué darnos cuenta de que está ahí, a veces simplemente lo ignoramos para evitar dolor, o hacernos daño intentando sacar algo que ya se ha hundido tanto que se convierte en inevitable.
Esa espinita que se me quedó clavada a mí hace ya 15 años, ha vuelto a la superficie con más fuerza que nunca. La necesidad de hacerme caso a mí misma, luchar por lo que yo quiero y funcionar en base a lo que siento y no tanto a lo que está bien o mal, es lo que me ha hecho actuar como estoy actuando.
Esa espinita con nombre y apellidos, vida hecha, costumbres, manías, gestos y frases que se pegan, ha vuelto a mi vida con intención de quedarse de verdad. Porque "vas a quedarte", dijo Aitana. Y yo he dejado de pelearme contra ese sentimiento de amor puro que creo que siento por esa espina, y que siento que me libera ya solo el hecho de aceptarlo. No le tengo miedo a la soledad, ya no. No le temo a decir lo que pienso o siento por miedo al rechazo. La espinita lleva conmigo el tiempo suficiente como para saber afrontar ese tipo de cosas, como para conocerme bien y saber que yo, soy como soy.
Perdí una parte de mí. En realidad, perdí más de la mitad de mí, antes de llegar a donde estoy ahora. Y aunque errores hemos cometido todos (y yo bastantes, la verdad), he sabido mantenerme a flote hasta ahora. No quiero dejar pasar más oportunidades, como ya pasó. No estoy lista para volver a dejar que el tiempo pase, como si nada.
Ahora que pase lo que tenga que pasar, que yo pienso vivirlo todo. Incluso el dolor de volver a clavarme la espina en el mismo sitio.
No hay comentarios:
Publicar un comentario