Porque a veces es tan simple, que ni siquiera nosotros nos damos cuenta...

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sábado, 27 de noviembre de 2010

Cuando me invaden los recuerdos

Nunca es tarde para extrañar. Yo no tengo la culpa de recordarte en el momento menos oportuno. Las cosas no suceden porque sí. El tiempo no espera a nadie y el mundo no se detiene para el que se quiera bajar. Los autobuses te llevan por poco a cualquier parte, los trenes van más rápido y los aviones más altos, los barcos por mar y los coches por asfalto. Las gaviotas se alzan en vuelo, los águilas bajan deprisa, los halcones tienen buena vista y los guepardos gran velocidad. Yo no tengo nada de eso, pero puedo pensar, sentir y actuar. Quiero estar contigo. Si las cosas no fuesen tan difíciles, estaría contigo en cada ocasión posible. Me dejaría llevar por los hechos y no pensaría más que en esos labios dulces. Me pasaría la vida acariciando esa suave y dorada piel y mirando esos ojos marrones que tanto me gustan. No me olvidaría de ninguna palabra tuya y guardaría en mi memoria todos y cada uno de tus besos, tus abrazos y tus caricias. Te quiero, y te echo de menos sin haberte tenido nunca. Aquí me tienes con la esperanza de verte algún día. Aún estando lejos, quiero que cuentes conmigo para todo lo que esté a mi alcance. ¿Sabes? Preferiría cambiar de vida antes que olvidarte, perderte o cambiarte por otro. Creo que me desespero cuando no puedo hablar contigo y llevo tiempo sin oírte. Echo de menos tu voz, por momentos alucino y me imagino tu sonrisa en el cielo oscuro de la noche, así como la luna, tus ojos las estrellas, igual de bellos, tus manos las nubes, igual de suaves. Somos la noche y el día, la leche y el café, el yin y el yang, la alegría y la tristeza. Somos el calor y el frío, lo alto y lo bajo, lo lejano y lo cercano. Pero al mismo tiempo somos como la carne para la uña y viceversa, como las vías para el tren, como el Sol para la Tierra... Ni te quiero ni te olvido. Me haces falta, aunque seas totalmente contrario a mí.

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