Porque a veces es tan simple, que ni siquiera nosotros nos damos cuenta...

Visitas

sábado, 4 de marzo de 2017

Mi paz.

Me agobio.
Me duele todo, mental y físico.
No puedo más.

O eso creo.

Me dice que vaya a verle. Le pregunto que dónde está
para ganar algo de tiempo, mientras me calzo y preparo para salir. 
Voy corriendo hasta donde está, noto un dolor de cabeza horrible por el cambio de luz, mucho frío en las piernas, las manos y la cara. Me azota el aire, se me cruza el pelo en la cara y casi no veo, pero no lo necesito.
Por fin llego donde está, le veo, pausado, caído, triste. Voy y le abrazo con fuerza.
Al principio parece que no quiera abrazarme, pero me da igual. Lo único que me importa es que no me ha apartado. Me quedo unos segundos así.
Después noto que sus manos van tranquilas subiendo por mi espalda, apretando con una fuerza cada vez mayor, proporcional a la altura a la que están sus manos. Ahora sí me abraza.
Tenía los ojos cerrados desde el momento en que le rodeé con mis brazos. De pronto los abro. Lo veo todo gris, casi blanco, salvo la hoja de una palmera que tenemos a mi derecha. Veo las ramas, o ramitas, de los árboles desnudos que tenemos a mi izquierda, en total contraste con el cielo casi blanco. El suelo gris, las casas oscuras, los coches sin apenas brillo.
Le noto sollozar. Ni siquiera hace ruido cuando llora. 
Es entonces cuando sé que lo he hecho mal. Sé que no debería haber dicho lo que he dicho. Pero también sé que no puedo decir que no quería decir eso, porque mentiría. El problema está en la forma de decirlo, la actitud. Cayeron sobre mí todas y cada una de las palabras mal dichas. Cayeron sobre mí las miradas que le negué alguna vez. Cayó sobre mí el puro miedo a no poder volver a decirle nunca nada, ni bueno, ni malo.

También es entonces cuando sé que le amo. Le amo tantísimo que duele, y los dos lo sabemos. Sé que le amo, que no quiero volver a negarle nunca una mirada, un beso, una caricia. Sé que quiero malcriarle, que tenga siempre lo que quiere o necesita. Y también sé que no va a ser fácil, y que como he dicho, duele.
Vuelvo a cerrar los ojos y le aprieto un poco más contra mí. Me doy cuenta de que estoy de puntillas, para que pueda meterse bajo mi cuello. Quiero protegerle con todo mi ser. Y él sigue sollozando, ahora un poco más fuerte.
Y yo noto que me rompo. Noto que esto es culpa mía. Noto que me deshago cuando más necesito mantenerme en pie, firme, para él y sus lágrimas. Quiero que deje de llorar, que me sonría una vez más, decirle que le amo.
Pero sólo le digo que le amo, susurrando, al oído. No espero respuesta, tampoco la obtengo. 

Por suerte (o desgracia) el momento no es eterno. Le separo de mí para poder besarle, mirarle a los ojos y limpiarle las lágrimas con mi mano. Me siento rematadamente mal.
No es uno más, aunque es eso lo que dice ser.
No eres uno más.
Eres la única persona a la que de verdad necesito en mi vida.
Mi presente.
Mi futuro.
Ahora eres mi historia, mi vida, mi sueño y mi paz. Si tú te tambaleas probablemente yo me haya caído. Y aun así daré lo que haga falta por mantenerte en pie, aunque sólo seas tú el que quede así.

Perdón, por todo. 
Te amo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario