Los sueños, sueños son. Y cuando una despierta, siguen siendo sueños. Sueños que se evaporan al abrir los ojos, y a cada segundo desaparecen como humo. Un humo blanquecino que se me mete en los ojos y me hace lagrimar. O llorar, quizá sea llorar.
Llorar porque se esfuma mi sueño, porque no lo conseguí atrapar. Llorar porque de pronto soy más débil, más real.
Llorar todo lo que no
he llorado en todos estos años. Y sentirme humana, y sentir.
Que no es llorar, que es limpiarse por dentro.
Estoy en silencio, sentada en el sofá. Que no es mi sofá, pero lo uso. Porque de pronto, mientras el humo blanquecino va desapareciendo y dejándome ver, voy siendo consciente de que no hay nada mío aquí, que en realidad éste no es mi sitio, donde debería y querría realmente estar.
Y me vuelvo a limpiar.
Porque me siento, y siento que no he seguido mi canción y me arrepiento, por un segundo. Me siento atrapada y libre a la vez, triste, pero agradecida. Y triste por sentirme agradecida.
Ya no debería tocarme agradecer, ahora debería tocarme luchar.
Y si me acabo de caer, con más razón. Aunque me haya caído con todo el equipo y no tenga ganas. Ni nada, sólo agua.
Agua que limpia, que no es llorar.
Y por una vez pensar que es una piedra, sólo una piedra. Que no es una montaña, que piedras hay muchas y hay que caminar para dejarlas, a todas las que vaya encontrando, atrás.
Y es muy difícil, tan difícil como parar el agua que me limpia.
Pero volveré a dormir, y volveré a soñar. Y seguro que a la próxima ese sueño no se me escapa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario