Porque a veces es tan simple, que ni siquiera nosotros nos damos cuenta...

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miércoles, 18 de octubre de 2017

Días que no encajan.

Que no.

Hay días que no, y punto. No hay razones, no hay argumentos. Simplemente no.
Y por mucho que me empeñe seguirá siendo que no.

Hay días que no encajan. Se vuelven grises, retorcidos y tristes. Tan tristes que parece que a cada segundo se ha muerto un gatete o un perrito y me da una pena interior infinita, hasta el punto de pensar que me va a superar, que me voy a ahogar en un llanto invisible.
Y el día pasa, y yo hago como si nada, suspirando y cargándome de paciencia una y otra vez, intentando no perder el juicio y hacer las cosas en orden.
Pero no da para más. Escribo un punto con mi boli rojo y apenas puedo evitar que la lágrima me caiga. 
Siento demasiada presión por estar siempre bien, por sentirme bien y que nunca me duela nada. Siento muchísima presión por hacer lo que debo hacer y ya, por no cuestionar, no quejarme, no disparar a bocajarro desde mi pensamiento. Mi mente no aguanta tanto ahogo, se satura y explota, y yo hago lo que puedo por controlar todo eso, para evitar perder el control de mis músculos y para no volverme loca del todo.

Y no hay razones. Simplemente no cuadra, y ya está.

Un mal día lo puede tener cualquiera.

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