Porque a veces es tan simple, que ni siquiera nosotros nos damos cuenta...

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miércoles, 22 de diciembre de 2010

Cuando no hay nada que hacer [carta.]

Hoy, no puedo más. Lo siento, pero no entras en mis planes. Tenía que decírtelo lo antes posible, pues no quiero hacerte daño. Hacerte más daño, digo. A mi esto también me duele, más de lo que te imaginas, la verdad. No sabes como sufro al ver que esto acaba, y que encima, es culpa mía. Recuerdo cuando esto estaba vivo. Íbamos al cine, a comer por ahí, a perdernos por el campo, a ver las estrellas al ático. Recuerdo todas las veces que tu madre me miraba mal y luego te susurraba al oído que no le gustaba nada, y tú le contestabas que era genial y que no pensabas dejarme jamás. Y las veces que tu padre me decía "¡a las 10 en casa, eh!" y tú le rogabas más tiempo, y te dejaba hasta las 10 y media... La verdad esque era bonito. Hasta que empezaste a estar de acuerdo con tu madre en que no era bueno para tí, y no le rogabas a tu padre nada e incluso había veces que llegabas antes de tiempo. Incluso empezaste a evitarme. No querías verme por la tarde ni hablar por teléfono en la noche. Cuando ya no querías ir ni a un parque a charlar, y quedabas más con tus amigas. Tus amigas me miraban mal cada vez que me veían pasar por la calle. Desde aquel momento pensé. ¿Es porque hice algo mal, o porque lo hiciste tú mal? ¿Es porque me odias? Sabes, ya da igual, ya no importa. No cumples tus promesas, yo tampoco. Estoy harto de intentar hacerte feliz como te prometí, de quererte siempre como te dije, no puedo más. Sufriré en silencio tal como lo haces tú. Te echaré de menos, pero tampoco demasiado. Gracias por nada. Hasta nunca.

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