Han cambiado mucho las cosas y aunque me gustaría decir que he crecido, sé que no es así. Viví y vivo aún de falsas ilusiones creadas por conversaciones tontas e intensas que te hacen reflexionar, necesito sentir para saber que estoy viva y no es necesariamente amor lo que he de sentir, sino que puedo sentir sufrimiento, pena o llanto. Al menos así certificaré que sigo viva y que de vez en cuando pienso, que de vez en cuando soy capaz de sentir algo distinto a la indiferencia.
Es llegar a casa sola, entrar y que no haya nadie. Es el silencio, el ruidoso silencio que no me deja dormir por las noches. Es tu voz en su ausencia, la que me falta en forma de nana como si de un bebé se tratase, tus brazos, como si se acabara el mundo sin ellos. Como si no hubiese más allá de mis narices.
A veces me gusta creer que tengo razón, que soy capaz y llenarme de ganas de intentarlo. A pesar de todos mis intentos por no caer, siempre hay alguien que se empeña en echarme mucho más peso encima del que puedo cargar.
Soy muy de 'Carpe Diem' y esas cosas, pero me gusta ir ligera y libre, que pueda extender mis brazos sin chocar con nada, que mi pulmón no trague mierda sino aire. Como cuando subes a un monte, que sabes que vas a cansarte pero va a merecer la pena estar ahí.
Solo que a mi, ahora, el monte se me queda pequeño. Yo veo más como meta el cielo, el infinito cielo. El mismo cielo que une a todo el mundo, estés a 2 km o a 15000 km, siempre que mires arriba podrás sentir cerca a cualquiera que tú desees sentir.
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