Y me ha cambiado todo.
Después de estar mirando fotos de parejas, fotos bonitas con mensajes aún más preciosos y palabras demasiado empalagosas para mi gusto, me he dado cuenta de que en realidad no hay nada perfecto.
Esas parejas que yo he estado observando en fotos, felices de estar con el otro, con los ojos brillantes y una gran sonrisa en la cara, no son perfectas. Esas parejas en la intimidad de la convivencia también discuten, también tienen problemas. También ellos inundan la mente con celos, con pensamientos inoportunos, con dudas o con problemas que no tienen nada que ver con el otro pero que al final de todo termina afectándole, aunque no debiera ser así.
Soy consciente de que todo lo que ha estado pasando por mi mente ha sido huir cobardemente de esos problemas que provocan las parejas. Pero también me he dado cuenta de que todo lo que mueve a la pareja no es no discutir, o discutir y arreglar las cosas. Es tener ganas de perseguir al otro, y dejar que el otro te persiga a ti.
No es una cuestión de orgullo, no estoy pensando en competir para ver quién aguanta más teniendo al otro detrás. Sino de currárselo, de combatir todas las dudas que pueda tener, de erradicar todos los problemas ajenos antes de que inunden la relación. Me da igual hablar de amor, de amistad o de familia porque realmente este tema afecta a todo tipo de relaciones. Aunque en mi caso debo enfocarlo más al amor.
No sé si siento amor, siento respeto, siento cariño o simplemente es costumbre, no sé lo que siento y no estoy muy interesada en saberlo. Sólo sé que Madrid es más bonito contigo, que una cosa que puede parecer insignificante para casi todo el mundo es algo grande para nosotros (¿o te da ugual?). Sólo sé que las canciones tristes de FÀ3 son menos tristes si las cantas tú, y que yo las canto mejor si son para ti. Sólo quiero saber que eres feliz, con o sin mí, y no quiero convencerte de nada.
Una relación amorosa es como un río que fluye. El río no se pone piedras él solito y si las pone no es por decisión propia sino porque la misma fluidez así lo transforma. Si hay una piedra más alta que otra se pasa por encima y si es demasiado alta se rodea. Si se forma un cúmulo de piedras altas de forma que no se puedan ni saltar ni rodear, se acumula agua hasta que sea suficiente para poder saltarlas. El agua es la fuerza, el río es el trazo casi desconocido de las vidas, y las piedras son todos los "peros", los "mejor otro día" o cualquier obstáculo que pongamos innecesariamente en esa fuerza. Nos vamos apagando poco a poco y en verano el río se seca, cuando el agua ya no da más a basto, cuando se ha cansado de tener que esperar a acumularse para poder saltar piedras, a cada paso más grandes.
Y yo, como piedra, he de reconocer que es más sencillo ponerle piedras al río que entender que hagas lo que hagas va a fluir igual, y si no lo hace, me habré cargado un río, con todas las consecuencias que ello conlleva.
Por eso te digo, como piedra, que me convenzas para ser agua como tú, para ser ambos juntos más de lo que nadie fue. Prometo convencer a mis amigas las demás piedrecitas de que se vayan a otro río a molestar. Y enseñarte que aunque a veces se me ponga cara de piedra es sólo porque quiero que tu agua se abalance sobre mí y me recuerde de dónde vengo y hacia dónde voy.
Sé que no he sido la mejor persona del mundo mundial y que tengo más fallos y taras que en todas las fábricas del mundo juntas... Por eso es tan complicado todo lo que te pido, todo lo que me pido y todo lo que quiero hacer. Pero por eso mismo mi cabeza y mi corazón simultáneamente piensan que vale la alegría y no la pena. Que vale de excusas y de alejarnos, más acercarnos y mirarnos a los ojos, menos hablar.
Tienes más claro que yo que hablar solamente sirve para lo que no comprendemos con los ojos y para aclaraciones importantes. Todo lo demás que se pueda hacer hablando es para traer problemas de un tipo u otro.
Acepto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario