La vida te da lo que das, y yo voy a terminar en el infierno.
Lo que yo siento... no se ve, pero se imagina, y yo me lo imagino de color azulado, casi morado... y frío.
Lo imagino en un anochecer de diciembre, sentada en una piedra nevada, temblando de frío... y sonriendo como nunca.
Lo imagino con el baile de una llama en una hoguera de San Juan, firme e inestable al mismo tiempo, siempre constante y que espera hasta un poquito más allá del final para apagarse.
Lo imagino como el recuerdo de alguien que ya no está, en un lugar que ya no te pertenece. Como volver a sentarte en el banco del parque donde, de niña, diste tu primer beso. O el lugar donde recibiste tu peor noticia.
Como escuchar en medio de una risa el nombre de la persona que tanto daño te hizo.
Como llorar de la risa hasta entender que igual no sólo lloras por eso.
Como silbar contra el viento.
La acción es correcta, pero el efecto es contraproducente. El silencio ya no es un amigo. Las cuchillas duelen cada vez un poco más. Y el tiempo pasa muy, muy rápido.
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