El tiempo se reduce al que ya no tienes, al que se fue y al que nunca tuviste. Y no volverá.
Y todo lo que sea que fuese en ese momento ya no será más, ni bueno ni malo.
El tiempo se reduce a todas las veces que sonríes.
Se reduce a todas las veces que quieres llorar por ti.
A todas las veces que quieres llorar por
alguien que ya no consigue llorar. Y no lo haces porque está ahí, mirándote, esperando a ver cómo sonríes con la tontería que acaba de decir.
Pero en la oscuridad de tu habitación, con tu música de acompañante, se te cae el mundo encima. Eres consciente de que has estado conteniendo todas tus emociones por hacerte fuerte, y ya no puedes más. Y te cae una lágrima.
La lágrima de la rabia. Ya no puedes hacer nada, pero el saber que alguien le hizo daño a la persona que tienes delante sin remordimiento, duele. Y no puedes más, y te cae otra lágrima.
La lágrima de la impotencia. La que cuando pasa deja surco, porque sientes que tienes las manos atadas y la boca cosida, que estás en un momento temporal en discordancia con las palabras que estás escuchando. Y te cae la siguiente, por el mismo caminito que la anterior.
La lágrima de la tristeza. Porque ves esa expresión que te está hablando de lo que ya no es, pero que ahora sabes que fue. Y te comparas (porque lo haces) y dices "madre mía cómo puede ser". Y que todo lo que esté diciendo sea ahora una nimiez, asusta.
Y así, una detrás de otra, hasta que ya no sabes ni por qué te caen. Te llenan la cara, la barbilla y el cuello de recuerdos que no son tuyos, con emociones ajenas, que sientes como tuyas al completo. Y sabes que de ahí te va a resultar difícil salir.
Ahora formas parte de algo maravilloso. Algo que salió de todo eso y te está llevando a casa.
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